Villanueva, Santiago [et. al.], Cómo una piedra que sueña (Miguel Harte 1989-2022) [cat. exp.], Colección Amalia Lacroze de Fortabat, Buenos Aires, del 7 de abril al 31 de julio de 2022
Texto completo
Ponce de León, Alejo, “Un paréntesis a la uniformidad: sobre Miguel Harte y su trabajo”, Miguel Harte, Buenos Aires, Mansalva, 2018.
Texto completo
Como el más firme empalme entre pérdida de tiempo y aprendizaje que la civilización humana puede ofrecer, Internet pone al alcance del usuario paquetes de información cada vez más segmentados y específicos. Siempre va a haber alguien interesado, aunque sea de manera casual, en parafilias y efemérides curiosas; en atizar debates sobre la misteriosa inscripción de Shugborough o en compartir y comentar filmaciones de hora y media que registran recorridos nocturnos en auto por rutas interprovinciales. El conglomerado mediático trasnacional UBM, por ejemplo, fundó y financia Radiopaedia, un sitio idealmente destinado a estudiantes de radiología y medicina pero disponible para atender el fisgoneo improductivo de cualquier navegante. Entre la miríada de imágenes radiográficas y tomografías que conforman este archivo y vuelven visibles lesiones más o menos corregibles, más o menos mortales o grotescas, aparecen los estudios de un paciente infantil afectado de querubismo.
El querubismo es un desarreglo genético que implica un déficit óseo significativo, por lo general concentrado en el área de los maxilares. Para suplementar la falta de hueso, el cuerpo genera de manera compulsiva una gran cantidad de tejido fibroso sin terminaciones nerviosas, que crece rodeando al cráneo y hace que el rostro del enfermo se inflame, a veces moldeando la cara hasta volverla un poco más regordeta y a veces produciendo malformaciones notables que pueden ocasionarle problemas respiratorios, del habla o para tragar.
Un médico canadiense fue el primero en documentar el querubismo, con lo que además se garantizó el derecho nominalista sobre la enfermedad. Precisar si el nombramiento respondió al ingenio irónico del doctor o si pretendía que funcionara como un consuelo para los afectados es imposible; lo que sí se sabe es que hace referencia a los putti, esos bebés alados que surgieron durante la antigüedad clásica y encontraron su forma rechoncha restaurada durante el Renacimiento. Los putti, masas blandas voladoras, son mal llamados querubines.
Expuesto gracias a una tomografía, el cúmulo de tejido que rodea los maxilares del niño querúbico se ve como un panal destruido, es decir, como una estructura perfecta desprovista con violencia de su lógica constitutiva. Los orificios desperdigados sobre esta bola de materia orgánica tienen —según puede comprobarse rastreando la presencia de esta misma imagen en otros foros y sitios— la capacidad de avivar una repulsión vestigial en algunas personas. Investigaciones informales asocian la tripofobia con el temor presocial a las criaturas venenosas que anidaban en huecos dentro de los mismos espacios que habitaba el hombre primitivo, una idea que a toda velocidad nos hace saltar de la imagen de una araña replegada en su nido a la sospecha de actividad larvaria intrusiva desarrollándose dentro de nuestro propio cuerpo. Es perfectamente probable que este mismo efecto fóbico puedan producirlo los trabajos de Miguel Harte.
Varios de sus sin título o las diminutas estructuras erguidas que aparecen en Como una piedra que sueña se adecuan a las descripciones que dan los tripófobos de las visiones que activan su rechazo: superficies planas atravesadas por grietas, elementos pequeños agrupados para formar patrones irregulares y perforaciones que dejan ver un interior de materia anómala en relación con el cuerpo general que las contiene. Es difícil no vincular el pilar de huevos de codorniz que traspasa la fórmica en Los gusanos de la piedra con la imagen de una pandilla de parásitos emergiendo desde el interior de un organismo mayor, insectos que se ayudan para salir a tomar aire después de haber fundado laboriosamente su finca en una herida fresca.
En un primer punto de contacto con lo corporal, entonces, la obra de Harte tiene el peculiar privilegio de poder entablar con sus testigos un diálogo por fuera del campo analítico; afecta al cuerpo y resuena en las vísceras gracias a su capacidad productora de asco. Permitámonos suponer que tanto para un tripófobo como para un porcentaje considerable del público consumidor de arte, la primera conclusión sobre el trabajo de Harte podría ser refleja y reactiva antes que crítica. Estaría mediada por una aversión previa a la conformación de un lenguaje para expresarla.
Apenas antes de su involucramiento con materiales no tradicionales y de la consolidación de sus formulaciones sobre la idea de cuerpo, Harte deambuló por una primera etapa como pintor que la mayoría de los registros que repasan su trayectoria consideran satírica. Si bien tímido, este periodo alcanzó para alumbrar un par de desvíos significativos en relación con el imaginario pictórico de la década de 1980, en particular el ñandú verde y pícaro de Empanada Criolla, que parece el resultado de una fantasía ucrónica en la cual Molina Campos se convierte en la mano derecha de Chuck Jones y produce algunos capítulos del Correcaminos.
Las excursiones al grotesco y a la sátira fueron definidas por el propio artista como una simple solución para salirse del expresionismo, pero si decidimos tener en cuenta su producción futura y su propio temperamento, antes que como una declaración de principios formalistas la sátira aparece como un recurso de protección personal frente a su incipiente ingreso en la escena del arte y a la exigencia de desarrollar y mantener un discurso público por fuera de la imagen pura. Por ejemplo: a cada integrante de la triada Harte-Pombo-Suárez le fue asignado un papel alegórico para la segunda muestra que hicieron juntos, en 1990: El águila, La gallina y El huevo. En este chiste interno que acabó convirtiéndose en una nomenclatura casi oficial, Harte obviamente era el huevo, y su cascarón, podríamos decir, era de sátira, de evasivas, de hermetismo. Sonaba fuerte desde adentro, sin querer hacer ruido.
Podemos convenir que bajo el revestimiento de esa reunión entre comedia y horror, el cuerpo grotesco que Harte proyectaba —y que ya comenzaba a inflamarse hacia lo volumétrico y a despegarse de la pintura— sí le servía como amuleto contra lo ideal, lo urgente y lo expresionista; pero por otro lado, y en línea con la respuesta visceral directa que sus esculturas pueden provocar, ese mismo cuerpo grotesco se establecía como alternativa discursiva frente a la construcción manifiesta en la obra de momentos políticos basados en la denuncia social mediante la representación de mundos reales, como en el caso de Pombo, Suárez o Marcia Schvartz.
En la sátira y el desorden del grotesco se suspenden momentáneamente las certidumbres, son cuestionados los modos voluntarios de existencia -en tanto decisiones conscientes de acción y comunicación con el resto del mundo-, que derivan del convencimiento ideológico; desde el hermetismo se pueden organizar momentos regenerativos para la imagen, retrocesos hasta un hipotético primer momento de la imagen que la encuentre desprovista de significados. En este sentido, se empieza a apuntalar un grupo de esculturas y pinturas que resultaría un exceso para la teoría, acorralada por la necesidad de formularse a partir de lecturas generalizadoras; las superficies brillosas hacen rebotar al pensamiento crítico y lo vuelven ineficaz si este no se atreve a vincular el trabajo de Harte con nociones como timidez, egoísmo, miedo y protección; la intención crítica no sirve si no puede contemplar el esfuerzo que pone la obra en gestionar medidas, a veces más, a veces menos efectivas, para superar estas restricciones.
A pesar de haberlo acompañado durante prácticamente toda su vida —o quizá por eso mismo—, Pablo Suárez lo definió, en el catálogo de la retrospectiva de Harte que albergó el Museo Nacional de Bellas Artes, como un outsider *(1). Es difícil saber con exactitud a qué se refería si se tienen en cuenta ciertas puntualidades biográficas de Harte, como Vignes, la galería de su padre Ronnie; o como el proyecto de vida comunal en la sierras cordobesas (que según el propio Miguel tiene que ver con “ciertas condiciones de lo artístico”); o la residencia improvisada en Brasil, que surgió a partir de un viaje casual y se extendió durante casi una década, en paralelo al viaje que muchos otros artistas hacían durante los tempranos ochenta, chantajeados por el contexto general de represión.
¿Por qué, entonces, el suyo sería más outsider que el resto del arte crecido a la sombra de factores históricos comunes? ¿Por qué más marginal que el resto de los trabajos que vieron la luz en ese espacio “atorrante”, como dijo Miguel Briante que fue el Centro Cultural Rojas? Es evidente que algo en Harte le despertaba a Pablo Suárez la misma paranoia que a un tripófobo le producen las cuevas y las madrigueras; una señal fuera de rango, un elemento impredecible.
Consideremos por un momento al sistema del arte como un plano afectado por determinadas leyes de regularidad que, como en la naturaleza, provienen de lo inanimado (llevado al arte, lo inanimado sería el tendido comercial, las tendencias formales y de discurso, la construcción de una carrera, etc.: todo lo que está fuera de la puntualidad de la obra); Harte pudo haber sido un outsider en ese plano, sobre todo por su reticencia a adoptar el perfil productor de la época, centrado en ideas y ejecuciones que casi siempre partían de lo social y lo mundano. Si hablamos antes de estructuras desprovistas a la fuerza de sus lógicas internas, de parásitos y agentes invasivos, esta personificación de Harte como elemento foráneo dentro de un organismo de conducta fuertemente regulada tendría sentido.
*1 Suárez, Pablo. Un Outsider en el Museo. En: Miguel Harte en el Museo Nacional de Bellas Artes de Buenos Aires. Buenos Aires, 2003.
No como saboteador, ni como un vampiro o un transgresor, pero sí como un excéntrico por silencioso, por amigable; por renunciar al conceptualismo, al expresionismo, a la denuncia compulsiva; por volver una y otra vez a la ingenuidad del formalismo pulp, por apelar a lo asqueroso, por producir sin agenda. La misma indisposición que pueden provocar sus texturas y perforaciones la provocaba Harte sobre Suárez, artista de proclamas, quien al momento de pensar en términos definitorios a su protegido se inclinó por definirlo como un no nativo.
Por supuesto, no podríamos lanzarnos a aseverar nada de esto sin proponer también un plan de respaldo material. La irrupción del elemento imprevisto en un orden fijo y de patrones regulares (que llegaría incluso a implicar la entrada de insectos y otros componentes biológicos en sus dioramas) es un recurso que caracteriza buena parte de la labor harteana. Es la “perfección” de lo no natural vuelta orgánica de repente lo que puede producir repugnancia; lo vivo es un paréntesis en la uniformidad. La pátina fantástica que recubre como piel a las criaturas de Harte sugiere una genética artificial que se deforma hasta volverse algo vivo. No es casualidad que el artista tome la materia inorgánica que más orgánica se antoja a la vista, como si se sintiera atraído por la posibilidad de existencia de una conciencia mineral empecinada en componer un soneto intraducible con las volutas del mármol, o que le ordena a las cáscaras de huevo brotarse con pequeñas manchas para defenderse quién sabe de qué amenaza.
Hasta que no obtuvo el control total sobre el elemento orgánico mediante el modelado de cuerpos, se entretuvo agotando la vida útil formal de todos estos materiales capaces de ofrecer imitaciones prosaicas pero voluntariosas de lo irregular-vital. Parece estar conmovido por esta propiedad de las superficies (que es visual, incluso narrativa) y no por su potencial para promover una crítica social desde el kitsch y la materialidad doméstica corriente en los noventa, como se ha señalado en más de una ocasión. Le encantan estas superficies por su bondad contradictoria; son industriales y están muertas, sí, pero son aptas para recibir y resguardar al componente ajeno. Son esperanzadoras para un outsider porque generan armónicos con la deformidad de lo natural.
Pero si Harte es un intruso ¿de dónde vino y adónde está buscando volver? Un hipotético punto de origen podría encontrarse en la vida serrana de su temprana adolescencia, socialmente exploratoria y activada en materia sexual, antes de la aparición impetuosa de la política en forma de “milicos en Unimog” y antes del derrumbe de los sistemas promiscuos de relacionamiento a causa de la epidemia del VIH/sida. A la aflicción íntima de este fin de la adolescencia que significó la vuelta al colegio, la resocialización bajo los parámetros de la vida urbana y la necesidad de un trabajo, se le sumaron una dictadura militar y un estado de sitio sexual que, al igual que la adultez, parecían enfermedades tremendas, sin causa y sin cura.
Si la respuesta de H.P. Lovecraft a la experiencia de la modernidad en Nueva York se traduce en su literatura como metrópolis barrocas infestadas por criaturas que exceden en su forma las capacidades descriptivas del ser humano, a su experiencia cordobesa Harte reacciona de manera similar: primero protegido por el atributo de incontestabilidad de la sátira y después esculpiendo figuras ominosas y cuerpos autopenetrantes —u orificios impenetrables—, que no precisan exponerse al riesgo del otro ni a sus trastornos biológicos.
Su cuerpo ideal es apolítico, asocial y perfectamente deforme; a veces aparece conservado en una burbuja al igual que Carita Dulce, uno de los personajes del cuento Los embriones del Violeta de Angélica Gorodischer, al que un planeta inteligente le concede el deseo de vivir para siempre en una cuna-útero donde es arrullado y mimado día y noche por un grupo de matronas intersexuales. Rampa Mortal, Accidente Doméstico, La Intrusa, Perdiendo la Protección, son títulos de obras que parecen surgir desde este sector de paranoia y fatalidad, como dando a entender que el contacto con el aire de lo comunal sin filtrar podría llegar a desintegrar un organismo. Si Suárez elegía en todos los casos reclinarse sobre el otro y Pombo recuerda con pasión a sus amigos del G.A.G *(2), Harte trabaja para salir de sí mismo a otro ritmo; el peso tremendo del vacío en obras como Oscuridad habla tanto de un ánimo preventivo contra la acción intrusiva violenta como de la lucha interna entre guardarse y las ganas de estar afuera.
Resulta curioso que si bien un aire de espesa referencialidad sexual está estancado sobre su imaginario, Harte casi nunca esculpe parejas: las acciones de grupo que presenta suelen ser multitudinarias y están teñidas por una narrativa escatológica generalizada à la El Bosco, de realidades últimas y catástrofe. A veces él mismo aparece retratado con la anatomía angélica de los putti pero con rostro de hombre adulto; en calma, solitario o dominando a los demás, con la situación siempre bajo control, con una erección garantizada dentro de su burbuja.
Podría decirse que la planetarización del sexo (la inscripción del evento sexual en un orden cósmico, por así decirlo) es su remedio para el dilema de la alteridad: el sexo planetario es sexo seguro, suspendido en el vacío, sin oxígeno que favorezca el desarrollo de microbiologías impredecibles. Muchas de sus esculturas anidan en el mismo registro visual impersonal y pulcro de la cultura pornográfica oficial, en la que el acto sexual tampoco encierra un riesgo verdadero más allá del desenlace fallido de alguna acrobacia.
*(2) Grupo de Acción Gay, grupo de reflexión colectiva pionero en la Argentina, activo durante la década de 1980 y dedicado a la reivindicación de la vida civil homosexual a través de pequeñas acciones públicas y de la edición de publicaciones.
A la voluptuosidad erótica la agiganta y la vuelve pesada, pero no en el sentido en el que uno esperaría que se hinchen los órganos sexuales: su maximización deja a la vista sectores que se ven lubricados y flexibles pero que en realidad son duros y secos como un hueso, rugosos y hostiles al tacto.Mediante sus puntos de acceso ambiguo (un esfínter es un músculo circular, sin particularidades de género) y sus miembros retráctiles tentaculares, las criaturas de Harte frustran los intentos culturales por ejercer dominio sobre el cuerpo y revisan el punto de origen de la imagen del deseo, la fuente referencial sobre cómo debe verse el sexo, cómo tiene que experimentarse y cómo se muestra la gente mientras lo tiene. Como formas nostálgicas que se retuercen al presentir el final de una era, las esculturas de Harte, si bien enuncian un riesgo latente y tienden a la autosuficiencia, en última instancia proponen a la forma física del individuo como una imagen imposible de unificarse por sí misma, perforada o en busca de complementos naturales que se manifiestan únicamente a través de la experimentación.
Si se considera el suyo como un esfuerzo por ensanchar el canon gonádico, las distintas complexiones y curvaturas que reaparecen en su obra tienen mucho que ver con los valiosos intentos de actualización del imaginario sexual que llevan adelante empresas independientes como Bad Dragon, dedicadas a la creación de juguetes sexuales moldeados a partir de criaturas reales o mitológicas como hombres lobo, delfines, perras antropomorfas y grifos.
Si bien Harte no parece tener el brío especulativo de la ciencia-ficción más alucinada, ni buscar el rigor en la representación orgánica que obsesiona a autores gráficos como Wayne Douglas Barlowe, no se lo puede dejar de vincular a este género en tanto conjunto estetizado de inquietudes.
“Surface Tension”, uno de los cuentos que integran The seedling stars —colección de relatos cortos escritos por James Blish y engarzados en ese cuerpo incandescente conocido como la Edad de Oro de la ciencia-ficción—, narra la aventura de un grupo de colonos humanos que descienden a la fuerza en un planeta compuesto enteramente por pequeños charcos. Sin recursos naturales explotables que les garanticen la supervivencia, la desesperación lleva a los astronautas a darse cuenta de que cada charco es en sí mismo un ecosistema microscópico poblado por múltiples formas de vida. En un momento memorable de épica visionaria colonialista, deciden reajustar su código genético para que, a futuro, sus descendientes evolucionen en una raza capaz de adaptarse al biotopo extendido del planeta y puedan diseñar una nave que atraviese la tensión superficial de alguno de los charcos, con el fin de adentrarse a explorar y conquistar esos espacios hostiles contenidos en apenas un par de centímetros cuadrados.
Este cuento —que encontró su versión definitiva recién en 1952— fue publicado por primera vez en 1942, quince años antes del lanzamiento del Sputnik y once años antes de la revelación del trabajo investigativo de Francis Crick y James Watson en el que describían la estructura molecular del ADN. Blish efectuó una inversión sobre la forma tradicional de la idea de conquista del espacio, convirtiéndola en una exploración en escala subatómica (imaginen el tamaño de las células de cada minidescendiente humanoide de los colonos) teñida por la mística y el entusiasmo cósmico-imperialista: la infinitud del universo podía concentrarse en un charco de agua. Al mismo tiempo, se aventuraba a profetizar un futuro en el que la ingeniería genética fuese un recurso de acción para atacar de manera operativa contingencias puntuales.
Harte avanza en su carrera siguiendo un impulso de autonomización que podría tener que ver con la inversión del espacio interior/exterior que imaginaba Blish. En una de sus reseñas, el crítico Fabián Lebenglik se permite imaginar un movimiento similar a partir del comportamiento de las inclusiones que fueron de a poco brotando sobre la faz de las esculturas: “(...) a medida que pasa el tiempo, las crecientes inclusiones se autonomizan al punto de –literalmente– radicalizarse: es decir, de transformarse en plantas y raíces gigantescas que, como vegetación de otro planeta, crece hasta contener renovadas formaciones inclusivas” *(3). Al retomar la senda de esta idea se llega a la conclusión de que el impulso autonomista no solo se manifiesta en la sistematización del desprendimiento, que da lugar a nuevas formas y ensancha el repertorio escultórico de manera fractal, sino que también es un deseo de autonomismo de la obra sobre sí misma, sobre su sistema de exhibición y el contexto social de su producción.
Si se mira la Tierra desde el espacio, la distancia se trivializa y toda la materia se vuelve evidente en simultáneo. Es materia congelada en el tiempo y, vista desde un punto cenital, aparece dedicada exclusivamente a coexistir. Entonces, aunque se lo haya caracterizado como un huevo, como un outsider traumado y temeroso, su trabajo supone ensayos lentos de movimiento, como si cada pieza encartara el día a día de una migración hacia afuera cuyo destino final es alcanzar esa perspectiva estelar totalizadora en la que todo pueda estar integrado.
El alejamiento es esto que Harte ejerce de manera sistemática: agota la materia, esquiva el statement, se aleja de la pared, se saltea la obra-como-obra y fantasea con que su trabajo alcance la condición de nervadura, de elemento que acompañe estructuralmente al espacio en forma de moldura. No se mueve para confinarse en un cuadrante de soledad lejana, sino que el suyo es un avance hacia volverse constitutivo con relación al espacio mismo, en una coexistencia que descomponga el circuito del aislamiento.
Durante su última muestra al momento de escribir este texto, Harte rememoraba en una entrevista para algún medio gráfico a "la primera gota de sudor corriéndome [a Harte] por la frente antes de los tres años, los veranos en el río con primos, los picnics familiares entre los juncos, los amigos de mi padre, (...) la mirada de mi madre, etc., [momentos] con los que se fue conformando una suerte de pelota muy sutil, hecha de todo”. En la masa del recuerdo la totalización se vuelve efectiva; en la “pelota hecha de todo” las escenas viven acopladas y contagiándose unas a otras.
*(3) Lebenglik, Fabián. El hombre de la burbuja. Página/12, domingo 15 de junio de 2003.
Entonces, sumada a su dimensión más dramática, la experiencia en Harte decanta otra vez en formas nostálgicas: no encara la idea de utopía en un sentido propositivo sino que más bien se aplica a usar la galería como una sede informal de sus lóbulos temporales, asociados por lo general al esfuerzo de hacer memoria.
En sentido ascendente, su genealogía podría incluir al vértigo de atracción hacia las dimensiones interiores que formalizó Lucio Fontana; a los decretos visuales sobre acoplamiento e interconexión de Líbero Badíi; al espíritu de inocente ingeniería exploradora de Kosice; al colapso de los cuerpos como estructuras formales de Yves Tanguy; a las esculturas protozooicas de Otto Piene; a la conflación de géneros de Lynda Benglis; las extracciones carnosas de Alina Szapocznikow.
En sentido descendente, el asunto se hace más complejo. Aunque se entienda que la imagen pura a la que Harte aspira llegar es una imagen redimida de lo social, podría pensarse que quizás empieza en lo social y quiere darle la vuelta, regresar a ello en un recorrido circular.
Si fuera en efecto un artista incapaz de generar discurso (no olvidemos que tanto Renart como Suárez, sus dos astros guía, eran artistas de manifiestos para los que separar práctica y vida era imposible), convendría considerar que Harte produce educandos procesales.
Distintos proyectos escultóricos con mayor o menor repercusión en el ámbito de las galerías lo tienen como mentor: Dolores Furtado, Martín Osuna o Santiago Rey; el colectivo Oligatega Numeric fue el puente que pudo vincular la retórica pulp harteana con el carácter proyectual y multidisciplinario de lo estrictamente contemporáneo.
Su descendencia, entonces, pasa por enseñar una manera de hacer que puede aprenderse con las manos y que no debe ser leída o escuchada. Una lección que tiene más que ver con lo ajustado de un guante de que con estatutos y legislaciones sobre cómo vivir y cómo ser artista.
Aunque se hable de cuerpos y biologías, lo más orgánico que tienen las obras de Harte es el proceso que las trae al mundo: largo, gradual, que requiere la intervención de varias personas para concretarse. Como la gestación en los mamíferos, puede llegar a ser algo doloroso o incluso intoxicante. Lo que a Harte le falta de rigor a la hora de imaginar la mecanicidad de un cuerpo —o sea, el detalle del funcionamiento—, lo compensa con su entrega a este largo proceso de conformación, que es biológico y colectivo.
En el trabajo, en las horas de lijada, de respirar agentes tóxicos y de compartir el secreto de la materia, propone la resolución más convincente al problema de lo social como algo irrecuperable y al sentimiento claustrofóbico dentro de la propia piel. El trabajo, para él, es la búsqueda de métodos para realinearse con su contexto. Por eso es natural encontrar a sus amigos y asistentes en sus obras, en forma de homenaje en títulos y como presencias materiales; como alerones de tierra firme sobre los que Harte, el cósmico, consigue hacer pie y clavar los parantes de su carpa. De noche bajo el brillo de la Vía Láctea —que no es más que el cielorraso de un antro infinito incrustado de arena ardiente—, Miguel Harte se anima, protegido por el espacio y por sus amigos, a distender su sistema de control de riesgos: sale a cazar bichos y deja que los bichos lo cacen.
Pérez Barreiro, Gabriel, “Quid rides”, Miguel Harte, Buenos Aires, Mansalva, 2018.
Texto completo
Conocí el trabajo de Miguel Harte por primera vez a comienzos de la década de 1990, mientras trabajaba en la exhibición Art from Argentina, curada por David Elliott para el Museo de Arte Moderno de Oxford. Como suele pasar, muchos de los artistas contemporáneos con los que tuve la oportunidad de hablar en ese momento estaban indignados por no haber sido elegidos para este exclusivo honor: participar en una exhibición internacional importante.
Entonces, a pesar de que pueden establecerse muchos linajes para el trabajo de Harte dentro de las ricas y oscuras tradiciones del arte argentino, podemos decir que su obra es bastante singular. Una de las formas en que el trabajo de Harte declara su individualidad es a través del uso recurrente del autorretrato. Harte está bendecido, o maldecido, con un conjunto de rasgos físicos muy distintivos, coronados por un par de ojos saltones. Esos ojos aparecen con frecuencia en su obra, desde sus primeras pinturas hasta sus esculturas más recientes de enanos, y sirven para indicar no sólo la presencia del artista sino también del mismísimo desafío de mirar. Si el acto de mirar las obras de Harte, constituye de por sí una experiencia intensa, esta intensidad se multiplica cuando esos ojos le devuelven a uno la mirada, muchas veces con una expresión retadora y suplicante a la vez, como si te pidieran ayuda y al mismo tiempo te hicieran dudar sobre si ayudarlos o no. Los autorretratos tienen muchas veces esa clase de ambigüedad, y crean una tensión moral en nuestra respuesta que fluctúa entre la atracción y la repulsión, el horror y la empatía. Muchas de sus obras poseen una estructura que nos coloca en la posición de un observador omnipotente que mira dentro de una esfera, se inclina sobre una mesa, o espía por una mirilla para ver la escena que se desarrolla en un mundo desconocido. En un plano, esto podría leerse como una crítica de la mirada científica occidental; la idea de que nuestra visión analítica desinteresada es la herramienta primaria para comprender el mundo, ya sea nuestro mundo o el del “otro”. Pero la mirada está mediada por el deseo, por un cierto tipo de interés perverso en lo que sucede en un contexto para nosotros inaccesible salvo a través del acto de mirar. No es casualidad que muchos de los trabajos de Harte hagan uso de instrumentos cuasi científicos como esferas, plataformas o reflectores. Aunque el efecto suele ser el de un experimento distópico que salió mal, una mutación que corre el riesgo de contaminar nuestro mundo, del que apenas está separado por una delgada membrana. En la cultura popular, el miedo al contagio y las epidemias ha crecido enormemente en el último tiempo. La otra cara de la economía global es el hecho de que las manos sucias de un turista pueden generar una catástrofe biológica entre las poblaciones sin protección para un determinado virus. En el panteón de los miedos modernos, las epidemias conviven con los alimentos genéticamente modificados, las armas biológicas y el cambio climático, como las semillas de un nuevo Armagedón que destruirá el planeta. Mientras planeamos y construimos las grandes cosas de la vida, los mayores riesgos parecen provenir de culturas (en ambos sentidos de la palabra) pequeñas, casi invisibles.
Muchas de las obras de Harte juegan con la escala para crear generar una impresión de distancia y extrañeza dentro del mundo creado por él. Los meticulosos detalles y texturas crean producen una meseta congruente y convincente donde la lógica reinante es palpable pero ajena. Como en la pintura de Bosch, los detalles nos ayudan a creer en una totalidad increíble. Es un efecto similar al de muchas películas de ciencia-ficción en que las paredes de elaborados paneles con luces intermitentes y medidores nos ayudan a creer que existe un sistema tecnológico completo que mantiene a la nave espacial funcionando. En casi todas estas películas, hay un momento en que la nave es atacada y esos mismos paneles empiezan a explotar y lanzar chispas cuando los cables se sueltan. Sin embargo, la nave sigue volando, y uno piensa que quizá no fueran tan necesarios después de todo. Necesitamos establecer la ficción para luego ignorarla. Algo similar sucede en las construcciones de Harte: observamos la meticulosa atención que se le ha prestado a ciertos detalles en apariencia superfluos como la extrema destreza con la que un líquido viscoso se extiende por una rama. Pero sólo se trata de un ardid para hacernos creer durante un lapso de tiempo; finalmente, creemos porque queremos pensar que esos otros mundos existen, al menos para poder seguir mirándolos un ratito más.
Me gustaría afirmar que la obra de Harte es particularmente ocular. En numerosas ocasiones, su trabajo hace referencia no solamente a los ojos, sino también al acto de mirar, que es el comienzo, el medio y el final de la experiencia de su obra. Mientras que gran parte del arte contemporáneo —y el arte conceptual en el que se basan muchas obras contemporáneas— está preocupado con la comunicación de un mensaje o una postura, la obra de Harte parece evitar activamente este tipo de resultados predeterminados. Es difícil saber con exactitud qué está sucediendo en sus trabajos, o qué es lo que se espera que pensemos de ellos. Nuestra mirada es seducida, nos involucramos con lo que vemos, y nos retiramos con la extraña sensación de que algo raro acaba de pasar en un mundo inmediatamente adyacente al nuestro; un mundo que es a la vez familiar y ajeno. Las cosas que vemos concretamente en sus obras son cotidianas: insectos, ramas, cáscaras de huevo, plantas; pero nunca las hemos visto como aquí, en contextos extraños y, a la vez, completamente coherentes dentro de su universo. La experiencia de romper con lo esperable y con un flujo narrativo regular es central en su trabajo. Pero las disrupciones parecen estar generadas desde el interior de la obra misma en lugar de provenir de una reorganización consciente de algún plan artístico o estético predeterminado.
Muchos pensadores, como Carl Jung o Joseph Campbell, para citar algunos, han llamado la atención sobre la importancia del mito y la narración en la estructuración y el fortalecimiento de las funciones centrales de la psiquis humana. Las historias de hadas, las sagas, los mitos de creación, las tradiciones orales, etc., tienen la función de establecer las historias los relatos fundamentales que estructuran nuestras expectativas más profundas tanto a nivel en el plano personal como en el social. A través de los cuentos de hadas de los hermanos Grimm, por ejemplo, generaciones de niños aprendieron a lidiar con el miedo, lo desconocido, el camino hacia la seguridad y muchas otras emociones necesarias para hacer frente a la vida cotidiana. La obra de Harte tiene una atmósfera de cuento de hadas similar: la creación de un mundo poblado por personajes que son diferentes pero cuya función podemos comprender. Vemos batallas, paisajes edénicos, pequeños pueblos junto a un río. Todos parecen escenarios montados para el transcurso de escenas que nos transportarán a un mundo paralelo que nos permitirá sacar conclusiones y tener experiencias aleccionadoras sobre nuestra vida y la sociedad. Pero en la mayoría de los casos nos quedamos con las ganas, la certeza moral del cuento de hadas ha desaparecido, no sabemos qué pasó antes o después de nuestra llegada, reina una extraña sensación de abandono, como si precisamente esta historia no funcionara como se esperaba.
Muchas de las escenas de Harte comparten cierta afinidad con la versión cinematográfica que hizo Andréi Tarkovsky de Solaris, la novela de Stanislav Lem. Solaris narra la historia de una misión hacia una estación espacial abandonada, enviada para estudiar una región misteriosa donde los sueños de la gente parecían construir y destruir la realidad constantemente. Los únicos vislumbres que obtenemos de ese mundo son extrañas formaciones de magma y nubes que, casualmente, poseen un parecido visual con algunas de las superficies líquidas y reflectantes de Harte. Los científicos que han permanecido en la estación espacial son poseídos por la habilidad de coexistir con sus más profundos deseos y memorias en una realidad paralela. Abandonan por completo su trabajo de científicos y, por extensión, su papel como observadores desinteresados. La historia de Solaris postula un mundo detrás del método científico en el que los sueños y las fantasías se vuelven más reales que la materia. Un mundo en el que la relación esperable entre estos dos órdenes se invierte por completo. Aunque ninguno de los científicos de la historia comprende lo que está sucediendo, todos permanecen en ese entorno y resisten cualquier intento de regresar, a la vez que dejan de enviar informes. Mientras tanto, las autoridades en la Tierra consideran que el misterio de Solaris es una amenaza existencial para su idea del universo, y debaten si hacerlo explotar con radiación. En una escala menor, hay algo de la atmósfera de Solaris en muchas de las obras de Harte, un espacio donde la materia no formada o en formación refleja algunos de nuestros miedos y deseos más profundos, pero cuya lógica, sin embargo, no dominamos completamente.
El problema de la observación y la distancia es central en la obra de Harte. Resulta revelador el hecho de que las fotografías de sus trabajos tiendan a oscilar entre visiones generales distantes y primeros planos muy cerrados. En muchos casos, la distancia de observación tradicional para una escultura o pintura —unos dos metros desde la superficie— es la perspectiva menos satisfactoria para las obras de Harte. Da la impresión que su trabajo necesitara una distancia mayor para lograr ver cómo ocupa el espacio, o bien una proximidad muy estrecha para apreciar los complejos detalles. Esta imposibilidad de una perspectiva general que proporcione toda la información es coherente con un corpus de obras que requiere un tipo muy especial de atención. Muchas veces, la posición ideal para observar estas obras es presionando incómodamente su superficie, o inclinándose hacia adelante mientras se sienten nervios por la posibilidad de dañar el objeto. La contemplación, en estos casos, conlleva una cierta cantidad de riesgo e inquietud; la incomodidad visual y la física van en paralelo.
La obra de Miguel Harte se inserta en un extenso linaje del grotesco. A lo largo de la historia, los artistas y los escritores han elegido conscientemente lo feo y abyecto como una plataforma desde donde construir verdades sobre nuestra existencia. Es como si se pensara que la belleza convencional fuera un velo que oscureciera significados más profundos. En el grotesco, somos reducidos a nuestra realidad más básica: el cuerpo desnudo, físico e imperfecto. Un cuerpo que, a pesar de rechazar nuestras nociones de buen gusto, nos conecta profundamente al comprender instintivamente su lugar, sus sentimientos y funciones. La tradición grotesca sirve como el antídoto natural contra las tradiciones del idealismo que niegan lo particular, lo específico y lo básico a favor de la idea construida y elevada de la perfección. Esta tradición grotesca tiene sus héroes en Bosch, Francisco de Quevedo, Rabelais, Shakespeare, Durero, Francis Bacon. Dentro de las tradiciones del arte latinoamericano, José Luis Cuevas lideró una rebelión contra el idealismo del Muralismo mexicano a través de una resurrección del grotesco, que encontró eco en generaciones posteriores que respondían muchas veces a condiciones políticas adversas. En la Argentina de las décadas de 1970 y 1980, Suárez, Heredia, Gómez y Emilio Renart, más arribas mencionados, representaron una rebelión contra el conceptualismo “frío” que también se usó para protestar contra la opresión, pero desde una perspectiva más ideológica y lingüística. Este abrazo del grotesco, que implicaba una desconfianza a todos los discursos y posiciones construidos, resultó importante para la generación siguiente de artistas que, como Harte, encontraron inspiración en este regreso a las exploraciones más oscuras y complejas de la naturaleza humana. Harte, junto con sus compañeros generacionales como Sebastián Gordín, Marcelo Pombo o Feliciano Centurión, exploraron lo popular, lo kitsch, lo sexual, casi como una forma de evitar las generalizaciones ideológicas que caracterizan gran parte del arte “político”.
El grotesco es un género que suele aparecer en momentos de crisis política o existencial, y actúa como una suerte de “vuelta a los orígenes”, un recordatorio de que todos los discursos y soluciones esconden una realidad más compleja de lo que significa ser humano. Como tal, a pesar de su aparente fealdad o repulsión, es un lenguaje que intenta recuperar un sentido de vulnerabilidad y compasión para el arte. La inclusión que hace Harte en sus obras de su propio cuerpo desnudo de edad mediana puede también ser leída como una acto de vulnerabilidad intencional. El artista, cuyo trabajo es, después de todo, el de exponerse a sí mismo, lo hace de un modo literalmente sincero y conmovedor. En una obra temprana, Autorretrato desnudito, el artista, suspendido dentro de una bola de vidrio, sostiene su pene representado de un tamaño descomunal, con una sonrisa infantil y feliz. Tiene los ojos cerrados y está perdido en una sensación de placer completamente personal, suspendido en su propio mundo sin la necesidad de actuar, solo con su masculinidad dominante. Como en muchos de los trabajos de Harte, la sociedad está ausente y el aislamiento recuerda aquí al útero, pero un útero con todo el conocimiento de la vida adulta y, por eso, doblemente placentero.
Quizás el grotesco sea también, inesperadamente, un llamado a lo universal. En la Argentina, como en otros países de América del Sur, la abstracción geométrica posee una tradición grande y rica. La abstracción es, obviamente, la lengua de lo universal par excellence, que reduce todas las especificidades a formas y colores absolutos. Sin embargo, lo que nos dice el grotesco es igual de cautivador: además de una capacidad para la abstracción y la generalización, todos compartimos una experiencia de lo particular, lo físico, los ciclos de la vida, el dolor, la alegría, etc. Puede decirse que estas experiencias son independientes de cualquier historia o construcción cultural y nos unen en mayor medida que los arquetipos racionales. El grotesco, por lo tanto, aparece en esos momentos de la historia en que corremos el riesgo de tomarnos a nosotros mismos con demasiada seriedad. Dentro de las artes visuales, llega para cuestionar nuestro sentido de lo apropiado, como un humilde recordatorio de que todo conocimiento está finalmente atado al cuerpo, y el cuerpo es transitorio e imperfecto.
El poeta romano Horacio dijo en sus sátiras: “Quid rides? Mulato nomine, de te fabula narratur”, que se traduce como: “¿De qué te ríes? Cambia los nombres y la historia es sobre ti”. Esta cita habla de la universalidad de muchos chistes y parodias. Aunque pensemos que el chiste está en el otro, la mayoría de las veces nos incluye también a nosotros en la misma medida. Al observar las esculturas de Miguel Harte se crea un efecto similar: primero pensamos que estamos mirando un mundo separado y distinto del nuestro, pero pronto vemos que las historias allí narradas pueden tener una aplicación universal. Los artefactos que Harte utiliza para separar las escenas del espectador terminan teniendo el efecto opuesto. Lo que involucra nuestra mirada y nuestra curiosidad no es lo extraño, sino, más bien, un incómodo reconocimiento de nuestros propios miedos, deseos y perversiones.
Suárez, Pablo, “Un outsider en el Museo”, Miguel Harte, [cat. exp.], Museo Nacional de Bellas Artes de Buenos Aires, Buenos Aires, otoño de 2003.
Texto completo
Es la piel de la obra, la cobertura, la que nos impone una contemplación fragmentada, discontinua, y que perturba la posibilidad de una mirada totalizadora. Los trabajos de Harte no están planteados en un solo plano, tienen un adentro y un afuera, como una fruta, y es a través de cráteres, grietas o hendiduras de esa piel, desde las que atisbamos el inquietante mundo interior. En ocasiones una iluminación interna subraya la independencia entre la epidermis y lo que bajo ella palpita.
La elección de los materiales que conforman esa piel de la que hablamos no es para nada casual. Los revestimientos laminados, las pinturas para muebles metálicos, las lacas metalizadas, las resinas, etc., todos ellos connotados por el uso cotidiano y bastante alejados de los elementos tradicionalmente "artísticos", sitúan estas obras en un escenario temporal ligado a la industria de producción masiva, y nos hablan, sin duda, de los vaivenes de la idea del "gusto" social y de sus imprevisibles variaciones. La predilección por esta materialidad nueva, no parece responder a criterios determinados por alguna afinidad estética, sino a otros, que hacen a una recepción condicionada en el espectador.
Si en sus tempranos "Martilux", verdaderos lagos con reminiscencias oficinescas, en los que flotaban encapsulados pequeños personajes para nada ajenos a la intención autobiográfica, creí advertir cierta relación con los mecanismos que Gustav Klint utilizó en la creación de obras en las que una figuración de neto corte expresionista era enmarcada por una decoración de época dominada por el Art Decó, la evolución de Harte lo distancia de esta coincidencia inicial.
Con el tiempo muchos cambios se han producido en sus trabajos. El volumen escultórico lentamente ganó espacio, y la tridimencionalidad le ha permitido ampliar sus posibilidades que parecían necesitar estructuras formales más complejas para desarrollarse.
Obstinadamente autorreferencial, se incluye de distintas formas en sus obras. Su autorretrato realista o metafórico aparece de manera recurrente en su producción, y parece aludir veladamente a las tensiones derivadas de la relación entre el artista y el medio.
Alguien dijo, por ahí, que el espejo es una ventana que no cesa de fascinar, incluso cuando parodia. En algunos casos, la delgada franja que separa ficción y realidad, es particularmente permeable. Ciertas modificaciones en su vida privada, como la formación de una familia y el nacimiento de su hijo Gaspar, van acompañando con cambios importantes en sus trabajos, que tienden a abrirse a una visualidad menos hermética, si bien conservan muchas de sus características anteriores.
El Yo omnipresente se desplaza y su espacio es ocupado por el grupo familiar. Los retratos de los tres metamorfoseados en pequeños automóviles descansan tras el vidrio de una caja-garage. Un árbol de terminación industrial y pulida superficie cobija a la familia, esta vez zoomorfizada, que contempla con temor los cuajarones amenzantes de un material que se desprende de las ramas. Las carreteras que cruzan un gran paisaje, concebido inicialmente como un juguete infantil, y que termina siendo una instalación escultórica de importantes dimensiones no son sino algunos de los pasos que dan cuenta de su evolución
Si bien desarrolla y muestra su actividad, a partir de los años 80, difícilmente podríamos filiarlo dentro de las estéticas en boga en esos años, y no coincido con quienes lo ven como un artista paradigmático de los 90. Tal vez su devoción artesanal y el impecable brillo de sus superficies resplandecientes enceguecieran a los responsables de esta afirmación. Si miramos con más atención lo veremos más próximo al imaginario ciencia-ficcional de Emilio Renart, cuya obra Harte prácticamente desconoce. Flash Gordon también podría ser un antepasado aceptable.
Creo que Miguel es un outsider. No abreva en fuentes previsibles. Su curiosidad por asuntos de índole muy diversa lo lleva a aprendizajes extraños. Lo hemos visto conectarse con entomólogos, de los que recibió datos útiles sobre técnicas de disecado y conservación de insectos, que habría de utilizar en sus trabajos. Su pasajera pero apasionada aproximación al ajedrez también fructificó en obra. Se nutre de sus experiencias personales y en la relación profunda con su entorno más íntimo. Encerrado sobre sí mismo, su solitario rumiar deviene en obras de obsesiva y extraña presencia.
Pablo Suárez. Colonia. Abril de 2003
Fagnani, Fernando, “La luz sellada”, Miguel Harte, [cat. exp], Galería Ruth Benzacar, Buenos Aires, octubre-noviembre de 1998.
Texto completo
Tras haber sido rechazada, y con las consecuencias de una lucha fatigosa que la deja exhausta y a merced del otro, así ingresa la realidad en la obra de Harte. En esa puja se han fundido dos opuestos complementarios, la violencia y la melancolía, y de ese encuentro fulminante emerge una materia concreta: superficies pulidas, restos apagados de naturaleza, pequeñas bóvedas donde lo mineral brilla con una luz ajena.
Ese conjunto, en el instante en que se forma en el ojo, parece ser refractario a toda visión. Sin embargo, al momento siguiente, cuando la mirada empieza a desarrollar su destreza, ese exterior cede y deja ver sus matices, se vuelve todo un infinito de matices. Como una línea oblicua, la obra arrastra a su paso materias diversas y procedimientos secretos. Les aguarda un destino irónico y paradójico: ni la explosión ni la fuga, sino unas guaridas que son el encierro y también su amable parodia.
El inventario de todos estos materiales nos deja frente a una constelación extraña que se abre, extrema, en dos direcciones. Por un lado cabe decir que Harte es un amante (bizarro) de la naturaleza; con la alternancia de pasiones brutales y falsos remansos que eso implica. Pero al mismo tiempo se nos muestra como un cultor de lo hogareño más trivial, fiel a la fórmica y el acrílico, devoto de esos materiales inoxidables a cualquier recuperación de la Cultura. Como es justo, este matrimonio ha generado un número finito, aunque no por ello exiguo, de malentendidos. El primero, y padre reproductor, es que esta tendencia lo acerca al kistch. Esto tendría su explicación, se supone, por la apropiación de materiales bajos y vulgares que en manos del artista se vuelven una crítica de su utilización mundana, una reflexión que hace oscilar al observador entre la identificación, la ironía y un suave repudio, y que ponen a la obra en tensión crítica con los valores culturales de la época. Tras esto se arma una cadena de argumentación solidaria: la fórmica es simulación de otros materiales más nobles (el mármol, por caso), la naturaleza adviene como doble menor de un original perdido y monumental, y toda la obra, súbitamente, se pone en sincronía con la figura del simulacro. Es cierto que hay verdad en esa lectura, pero es una verdad muy pequeña. Y al ser entendida como total, reduce la obra de Harte. Porque mientras simula al mármol, e independientemente de esto, la fórmica remite a una familiaridad del hogar que no se da con el kistch: puede producir una identificación sin sobresaltos, angustiar por su frialdad, o despertar un desasosiego violento. Si algo simula es el anonimato, el sinfín de seres y casas sin memoria que viste, y esa remisión antes que paródica o crítica es cruel.
Por su parte, la aparición de la naturaleza, en cofres sellados incrustados en la superficie, no es menor sino dramática. Por pequeña que sea, es el punto que retiene a la mirada. Son mini escenas barrocas, que incluyen el exabrupto y las metamorfosis, y que luminosas y lozanas, generan claustrofobia y perplejidad. Esto, llegado el caso, podría ser una reflexión realista: en el siglo XX la naturaleza parece haberse convertido en una monstruosidad que debe aniquilarse, reducirse a una presencia necesaria y no al origen, aunque en esa reducción criminal se lo lleve todo.
Harte opera sobre la naturaleza como la ficción sobre la ciencia cuando produce la ciencia-ficción. Lo suyo habría de ser, aunque sea un oxímoron, naturaleza ficción, una obra que delira sobre la naturaleza, que la barroquiza, la retuerce, la reconstruye y finalmente la encierra para preservarla. A su modo se porta como un filósofo de la naturaleza, sobradamente perverso, es cierto, pero de un amor probado. Entre este mundo natural y su contexto de laminado plástico hay una tensión original: la de dos esferas que se buscan, se duplican y se refuerzan. Las inclusiones en resina reinventan formas naturales degradadas. Finalmente, es difícil no pensar en cuerpos golpeados, en órganos y organismos a punto de morir o ya muertos, en aquellas obras donde la superficie esta hundida. Son huellas de una herida interna que no cicatrizará.
Y por si alguna duda queda, basta detenerse en el Jardín filosófico, la obra más imponente, y la que quizás anuncie un cambio de rumbo. Allí la naturaleza se despliega en el espacio, lo ocupa por completo, estalla. Al observarla, uno puede pensar: si las raíces se hundieran en la tierra, si en vez de un remolino oscuro hubiese agua transparente, si el paisaje fuera verde y no pedregoso y lunar, y si no estuviera esa pirámide cubriéndolo todo, entonces, tendríamos un pequeño Paraíso. Están los elementos necesarios, solo que han atravesado una catástrofe y los hemos perdido. Testigo mudo, un Narciso deforme padece el absurdo y la condena inesperada: en vez del espejo sereno, compañero fiel, que lo deje perderse en su imagen, tiene un líquido oscuro y revuelto que lo aniquila. El remolino que arranca y se aquieta forma organismos azarosos, provisorios, reflejos macabros de un interior caliente y desintegrado. Estamos frente a una nueva armonía. Harte ha dado otro paso hacia una naturaleza que codicia la irrealidad y unos personajes minúsculos que establecen su ruina frente a ella.
Elliott, David, “Un creador de mundos”, Miguel Harte, [cat. exp.], Museo Nacional de Bellas Artes de Buenos Aires, Buenos Aires, otoño de 2003.
Texto completo
Miguel Harte es un creador de mundos. Cuando nos conocimos en Buenos Aires a principios de los 1990 era como si todavía habitase un mundo infantil. Los pequeños objetos que me mostró parecían juguetes. Su humor también era inocente, no estaba de acuerdo con la hipercivilización de la gran capital.
¡Pero así es la Argentina! La vida no es un gran Manifesto blanco y las apariencias pueden ser engañosas. Bajo la superficie ricamente colorida, algo inquietante, otro mundo está tratando de emerger. Y Harte nos permite una mirada privada a este mundo cortando las superficies suaves e inmaculadas para mostrarnos lo que hay debajo.
Aunque sus objetos tienen una belleza extraña y algo letal, podrían ser productos de los pequeños talleres que inundan La Boca. Sus superficies laqueadas elegantes podrían haber sido diseñadas en un taller de autos –el tipo de lugar en el que un auto viejo destartalado se transforma en un Cadillac llamativo hecho a medida–. Aquí es donde Harte se siente cómodo.
Y entonces cuando uno penetra la superficie brillante a través del lente por lo que parece un orificio corporal, o ve fijo en un bloque de resina clara, este otro mundo se revela lentamente y uno no sabe si lo que ve es una tragedia o una broma. ¿La pequeña figura que gesticula bajo el vidrio está tomándonos el pelo, saludando o tratando de escapar? ¿Son insectos que pican o bacteria vírica fija para siempre en el tiempo, o solamente están esperando salir?
A lo mejor no importa. Lo que importa es el acto de mirar. “Soy un voyeur nato. Me gusta más ver que participar”, el artista se convierte en un cómplice del espectador en este acto. ¿Quién mira a quién? ¿Estarán el artista y la audiencia para siempre encerrados en un eterno circuito cerrado giratorio, como dos perros que acaban de encontrarse en la calle?
A pesar de que se pueda aducir lo contrario, Harte no es conceptual los materiales y las ideas importan demasiado. En este mundo de artificialidad, la naturaleza es reina, aunque, lamentablemente, debido a las circunstancias del mundo real, el rol que debe actuar es el de súbdito. Un tono elegíaco se ha hecho evidente en algunas de las obras recientes.
Gasparlandia, 2001; empezó como un juguete para su hijo pero fue tomando vida propia hasta convertirse en un mundo de montañas, ciudades, ríos, caminos y bosques monocromáticos. Esta hecho en una sola pieza como si fuese una pista de autos en miniatura. Hay un hueco bajo la superficie y lo sostiene un bosque de pierna de elefante y estalactitas de resina. A mí me parece un mundo perdido –uno en el que hay poca esperanza– la ciudad es de monolitos imperturbables y hasta el campo no tiene vida.
Otros trabajos son igualmente pesimistas. “Árboles” desarraigados huyen precipitadamente como cangrejos a largo del piso de la galería. Casi parecen cuerpos torturados. ¿Les brotan “capullos” – o son llagas? – y como la mosca de David Cronenberg, parecen detenidos en la tierra patética de nadie entre Cyborg y la mutación. Son objetos que están ubicados más allá de la esperanza.
Un árbol arrasado se asienta sobre una biosfera sostenida por sus raíces, pero cuando uno mira de cerca cada rama y cada ramita terminan en una cabeza humana en miniatura y pequeños insectos humanoides se arrastran a través de la tierra de un color inhumano. No es la unión idealista del hombre y la naturaleza, si no una pesadilla fantasmagórica de un despojamiento químico o nuclear.
¿Se ha vuelto moralista Harte, un profeta de nuestro tiempo? Es difícil saberlo. El humor y la imaginación infantiles continúan pero con propósitos más serios. Los mundos que Harte crea ahora parecen peores que nuestros sueños más salvajes. Pero podemos reconocer nuestros rostros en su horrible belleza.
Sánchez, Julio, Miguel Harte. Críticos y Pintores, [cat. exp.], Librería Clásica y Moderna, Buenos Aires, del 13 de octubre al 13 de noviembre de 1992.
Texto completo
La urna de un niño pobre
Por el paredón del cementerio de Ezpeleta caminaba buscando calas, o una coronita de flores de plástico con la inscripción “Siempre te recordaremos”. En una florería vi una urna para niños hecha de fórmica. Imitaba ónix verde. Pensé que en otro contexto podría ser una obra de Miguel Harte. Cuando bajo las escaleras en el subterráneo veo los tubos fluorescentes en el techo y no puedo dejar de sonreír pensando en Dan Flavin. Los afiches desgarrados en los paredones me recuerdan a Mimmo Rotella, y los mingitorios a Marcel Duchamp. Mientras entraba al cementerio me pregunté si finalmente había desaparecido el “gap” entre la vida y el arte del que hablaba Rauschenberg. Por lo menos me conforma saber que después del Pop y del Minimal los objetos han generado un nuevo espacio de reflexión estética.
Lujo proletario
Los cuadro-objetos de Harte hechos con fórmica me cautivaron por la exacerbación de lo epidérmico. Eran piel pura, sin carne ni flujo sanguíneo. Era tanta piel que daban ganas de desgarrarla con una flecha como a un San Sebastián o con un seppuku a lo Mishima, para hacerlas sangrar, para eviscerarlas, Sin embargo Harte les infligía apenas un rasguñón o derramaba una gotita de resina (¿lágrima o eyaculación?).
La fórmica es algo vulgar, con pretensiones de mármol, el lujo de los pobres. Ni siquiera cubre madera, sólo un aglomerado hecho de aserrín y pegamento. Reúne todas las condiciones para el kitsch, pero Harte saca más partido de su mudez, de la ausencia de metáfora, de su frialdad a medias y de su reflejo difuso.
El que mira descubre
Martilux es una pintura que se emplea para cajas fuertes y motores. En sus últimas obras, Harte la vuelca sobre la madera provocando un efecto de superficie amartelada. ¿Una versión más aburguesada de la fórmica, un lujo menos proletario?
Siguen cayendo gotas sobre la superficie, pero el que mira atentamente descubre personajes minúsculos de ojos saltones y un poco narigones. Viéndolo a Harte no hay que ser muy perspicaz para reconocer su autorretrato, ¿O su autocaricatura? Los Hartecitos están protegidos por burbujas; envueltos en líquido amniótico parecen fetitos mirando el mundo. En obras anteriores utilizaba cáscaras de huevos –otra piel, otra forma embrionaria– con ojos. ¿Los huevojos? Antes y ahora, siempre la mirada desde el útero.
Una gran superficie monocroma, pero arremolinada, el movimiento petrificado. Explorando esta superficie –¿lunar, planetaria, plasma sanguíneo?– aparecen los Hartecitos. En la vorágine del mundo, en el pantarei heracliteano miran impávidos, se aíslan, se masturban, son como el Voyer Primitivo del Génesis. En otro planeta, sin burbuja (¿o después que se les pinchó?) se ahogan y asoman las manitos desesperadas. En el Mar de Martilux son señuelos que buscan atrapar una historia, una anécdota, una moraleja, algo que no deje solita a la imagen.
Ite missa est
Cuando entré al cementerio un montón de Jarras apiladas me recordaron a Arman y una mujer rezando a una escultura de Duane Hanson. Un chiquito junto a la tumba de su abuelo garabateaba a lo Joan Miró. Tomé un florero con agua para poner las calas y desde el fondo me pareció ver la sonrisa de un narigón de ojos saltones. No sé a quien me hizo acordar